lunes, 13 de febrero de 2017

ANTES DE AYER




obra de Paula Modersohn

Mi nieta me preguntó hace poco como había sido mi vida a su edad: si la infancia de mis padres me pareció siempre algo antediluviano, qué no le habrá parecido la mía, mientras escuchaba curiosa, con esa mirada redonda y profunda que me tiene abducida...
— No había tele, ni móviles, ni neveras, ni lavadoras, ni microondas, ni calefacciones, ni cuartos de baño como tal, en mi pequeño pueblo portugués sin alcantarillas. Tampoco había helados, claro, ni grandes almacenes con montones de cosas, ni plásticos, ni prendas de usar y tirar ( los pañuelos, pañales y compresas se lavaban y luego se planchaban con planchas de brasas; como todo era de algodón, la ropa se arrugaba mucho). He tenido muy pocos pocos juguetes y mucha imaginación, el mejor fue un burro precioso de pelo gris con arreos de cuero rojo que me trajo mi padre de un viaje a España y aun guardo con cariño. 
En el pueblo éramos una gran familia bien avenida, yo pasaba la vida en la calle, con mi padre y sin él. Todo el mundo era importante y único, igual quería al alcalde que al zapatero remendón, el sr. Arnaldo, sentado en su banqueta de madera y rodeado de zapatos viejos a los que ponía medias suelas para que durasen otro tanto. Cuando caía la tarde, la alegría y animación estaban en el bajo de los gitanos, enorme y sin tabiques, donde se bailaba por sevillanas o así. Y en las noches calientes de verano, lo mejor era ir a la fuente (había cinco) con mi querida criada Dulce, a por agua fresca y a por el entusiasmo de gente moza cantando y coqueteando. 
Mi padre era veterinario y muchas veces, mientras hacía su trabajo en los establos de las aldeas y fincas del municipio, me dejaba suelta al aire libre — no había enseñanza pre escolar. Soy especialista en animales domésticos y en plantas silvestres, conozco todos los olores y sonidos del campo en las cuatro estaciones del año, he corrido, saltado y jugado hasta la extenuación, sola o con otros niños callejeros como yo. Comía en cualquier mesa, igual me presentaba con mi panda de mocosos en una boda que en un funeral. Me sentía muy querida, mis padres nunca me han castigado, nunca discutí con mis hermanas ni con nadie.
Mi infancia fue perfecta, un regalo de la vida.


Obra de Paula Modersohn