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óleo de John Bellany |
De súbito la vida cambia, los grandes vuelcos siempre ocurren de repente: como aterrizar en un ancianato o residencia de la "tercera edad", la última edad, la edad jodida, la edad del moco, lo mismo da. La vejez pura y dura. Esa que ha de llegarnos a todos sin excepción, aunque a muchos le parezca tan lejana como viajar a la luna. Lo que los jóvenes aún no saben, cuando miran a quién un día fue tan joven como ellos, es que el espíritu no envejece y que por dentro todos tenemos veinte años. De esa juventud interior sacan los viejos fuerzas para sostenerse, para soportar con estoicismo una decadencia física que mortifica el cuerpo y el alma. Como dicen los versos de Antonio Gedeão, "eles não saben que o sonho / é uma constante da vida / tão concreta y definida / como outra coisa qualquer."
Por eso es siniestro el invento de las residencias para ancianos, unos lugares fríos, impersonales, asepticos, habitados solo por ellos, como guetos, como vivir en permanencia en el vestíbulo de una casa deshabitada, como esperar en la estación donde ya no pasan trenes, como un túnel de tiempo lleno de horas espesas y sombrías, como coches abandonados: apartados de sus rincones, donde pasan las cosas buenas y malas de la vida.
La identidad de estas personas ya tan solo se sostiene por dentro, su periplo vital ya no importa, cada uno arrastra sus nostalgias y soledades como puede entre cuatro prendas de ropa funcional, cuatro visitas de cortesía y un fajo de fotos antiguas.
Mientras no nos llega la hora del último retiro, acordémonos de nuestros viejos, de que, como escribió Mark Strand, En un mundo sin cielo todo es despedida.