Nos quejamos del presente con razones de peso, pero en el pasado hay cosas más abominables todavía, aunque con menos repercusiones globales cara a nuestro futuro y del planeta. Los requintes de la malvadez humana son insuperables, propios de mentes sádicas, obscenamente perversas. En medio de la gente buena y decente siempre proliferó la suma crueldad, muchas veces con el intolerable soporte de las instituciones. El poder ha sido y es corrupto en su mayoría, aunque los derechos de los indefensos han ido mejorando con el tiempo, siempre gracias a las personas más decentes. La rueda de la tortura es un método de suplicio escalofriante, empleado en Europa desde la Edad Media hasta 1841, nada menos. Sus cuchillas afiladas iban desgarrando las carnes del condenado que giraba amarrado a ella.
Se ha matado mucho, con saña y sin la mínima compasión, los romanos disfrutando con el espectáculo de los leones comiendo a los sentenciados, la Santa Inquisición quemándolos vivos y los nazis disponiendo de una variadísima gama de sofisticados martirios. Se usó con saña el garrote vil, la horca, la guillotina, el potro, los grilletes, las mordazas, y luego la silla eléctrica, además de la tortura psicológica u otras indignidades.
Ahora tenemos las mortíferas bombas atómicas, que junto con el cambio climático, la ineficacia de los gobernantes y la suprema ambición de los que manejan los hilos, pueden llevar al exterminio global en un corto plazo de tiempo.
Las matanzas son siempre decretadas por psicópatas, malvados, maquiavélicos, faltos de consciencia, manipuladores cobardes y sin escrúpulos. Lo más indignante es que a ellos nunca les pase nada, que no haya Justicia, que no tengan que responder por la muerte de millones de personas inocentes. Por eso actúan con tanta frialdad, desprecio y soberbia.
Como dice José Antonio Marina "las ideologías son sistemas cerrados y dogmáticos que simplifican la realidad y frenan la inteligencia". Maquiavelo o Hobbes creían que los hombres son egoístas y agresivos por naturaleza y que hace falta un gobierno fuerte para mantener el orden, mientras Rousseau por ejemplo pensaba todo lo contrario, que el hombre nace bueno y es la sociedad que lo corrompe. A saber. Hay de todo en este mundo variopinto.
La maldad es como un virus que salta las barreras preventivas de la convención e infecta todo lo que encuentra a su paso.
Marina Sanmartín



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