Uno de los muchos sentimientos absurdos que puede habitarnos es la soberbia, no tener en cuenta de que no somos nada comparados con el universo y un suspiro comparados con la eternidad...
Hemos logrado una asombrosa evolución gracias a las mentes privilegiadas, una minoría capaz de descubrir e inventar, mientras el resto nos limitamos a seguir los patrones existentes, desde los más sofisticados a los más elementales como hablar, vestirse, cocinar, limpiar, comportarnos socialmente y así: todo nos llega concebido de antemano, tanto lo material como los usos y costumbres. No aportamos nada nuevo, apenas consumimos, contaminamos, mientras que solos no podríamos sobrevivir. La inteligencia, el amor y el trabajo mueven el mundo en la buena dirección.
Sin embargo es inquietante comprobar que mientras por fuera hemos avanzado tanto, por dentro seguimos con las mismas luces y sombras del Homo sapiens, dotados de una amplia gama de pasiones llenas de matices, desde las más nobles a las más rastreras, de la bondad al egoísmo feroz, la crueldad, el odio, la mentira, la envidia, la intransigencia, la ambición, la pereza y un larguísimo etcétera. En lugar destacado, la estupidez — solo personas con pocas luces pueden llegar a ser tan vanidosas y materialistas, por ejemplo. En el polo opuesto está la humildad, igual que muchas otras virtudes como la sensatez, el entendimiento, la constancia y la nobleza de carácter.
Las grandezas y miserias de cada individuo y lo que hace con ellas, definen su personalidad. De los casi 9.000 millones que somos ahora, lo que más le importa a cada uno es su vida y la de los suyos, salvo nobles y valiosas excepciones.
Nos manejamos como sabemos y podemos, por fuera rodeados de gente y por dentro solos con nosotros mismos.
Ahora las redes sociales dan alas, además de al odio, la agresividad, la ignorancia o la necesidad mezquina de atacar y humillar, al narcisismo de los imbéciles: una feria de las vanidades abierta las 24 horas...
"La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante", T. S. Eliot





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