Los recuerdos son nuestro patrimonio más valioso. El lugar donde hemos crecido, las cosas que nunca volverán, la gente que ya no está o no hemos vuelto a ver, son vivencias irrepetibles que pertenecen a un territorio que siempre sentiremos como especial, por muchos que habitemos a lo largo de la existencia. De toda la geografía solo un nombre nos sonará como único: el que figura en nuestro DNI, ese donde descubrimos la vida junto a la familia y a los primeros amigos, con esa felicidad hecha de inocencia que no vuelve a ser igual.
Ninguna otra tierra, por maravillosa que sea, será la nuestra, nos construimos sin dejar nunca de estar emocionalmente ligados a lo que hemos sido, a ese rincón de los primeros sentires y nostalgias, sabores, olores, voces, risas, paisajes y afectos.
Con el tiempo vamos ordenando el pasado por su peso real, él representa mejor que nada nuestra identidad: el verdadero mérito de cada momento solo se sabe cuando ya se ha convertido en memoria, y cuando nos perdemos, es mirando hacia tras que nos reconstruimos.
Al final ha de ser ese niño que llevamos dentro el que nos coja de la mano y nos acompañe en el último viaje.
Cuando Antonio Machado falleció a los 63 años, exiliado en Francia, extenuado y enfermo, encontraron en el bolsillo de su chaqueta un papel arrugado que ponía sencillamente: "Estos días azules y este sol de la infancia" — miraba alrededor y solo el cielo y el sol seguían siendo como los de esa Sevilla donde nació.




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