viernes, 26 de agosto de 2011

EL QUESO







oleo de Fernando Botero


Blanca es un chica menuda e inquieta, de natural nerviosa, que procura tenerlo todo siempre bajo control para no pillarle el toro de su propia ansiedad, que mantiene bien cerrada con siete llaves, dando siempre la imagen de una mujer suave, tranquila y muy organizada. 
Álvaro, su feliz pareja, es un hombre grandote y excesivo en todo, hasta en la mala leche. Es un buenazo, un trozo de pan, un tigre con corazón de golondrina pero impulsivo y visceral, se ahoga en un vaso de agua y sin Blanca no es nada.
Embarazada de ocho meses de su primer retoño, se marcharon a su pueblo "en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme", para pasar las Fiestas de la Patrona, que son a mediados de Agosto, Nuestra Señora de la Asunción.
El verano iba de ola en ola, de calor, claro, sin dar un respiro. Por la noche en la feria tropezaron con el padre de un compañero que no veían hace mil años, y Blanquita, siempre muy amable, le preguntó si quería algo para el hijo, que vivía en su ciudad, no sabían ni donde ni porqué, ni falta que les hacía .
Y el padre dijo Sí...y se presentó al día siguiente de buena mañana en la casa con un flamante queso para el susodicho, un queso muy curado, apestoso, de éstos que en verano sudan y sudan, como poseídos por una hiperdrosis generalizada...
El bueno de Álvaro empezó a despotricar a la hora de situarlo en el maletero, mientras ella, aguantándose las náuseas, intentaba quitarle hierro al tema, como si nada.
Llegados a la ciudad, lo primero que hicieron fue ir a casa del interfecto con la inestimable ayuda del GPS para liberarse de tan incómoda presencia.
Eran las cinco de la tarde, como en los toros, y en la calle no había un alma, como en cualquier tarde de domingo de un mes de agosto abrasador. La puerta de entrada al edificio estaba abierta, así que fueron derechos al angosto ascensor y pisaron el número 10, después de haber tocado al timbre sin obtener respuesta: "lo que faltaba, no hay nadie", dijo ella "me da igual, o lo dejo a un vecino o a su puerta, pero yo de aquí no salgo con esto", dijo él.
Empezaron el ascenso deseando terminar pronto con aquél coñazo, debían estar a más de 40 grados, como en un asador de pollos, Blanca  empezaba a sudar y a sentirse agobiada cuando vino lo peor: se quedaron parados entre dos pisos.
Ella empezó a chillar como una posesa, mientras Álvaro, paralizado, se iba poniendo pálido por momentos, a la par que intentaba mantener la calma, la suya y la de ella, que ya estaba fuera de control: "¡Me voy a morir!", le gritaba sacudiéndolo por la camisa como si fuese un pelele, "¡me ahogo!, ¡me deshidrato!, ¡voy a parir!, ¡voy a morir!, ¡el niño también!, ¡Diós mío, esto no puede estar pasando!"
Álvaro seguía pidiendo auxílio con su vozarrón,  mientra sacaba un zapato y rompía un cristal de la puerta. Blanca, más blanca que nunca, se había sentado en el suelo, con las piernas abiertas, y le dijo con un hilo de voz: "He roto aguas... que muerte más tonta... y todo por un maldito queso..."
Él también quiso estar muerto ante la eminencia de ver asomar la cabeza del churumbel, sabiendo como sabía que no podía ver sangre.
Fué un momento de paroxismo, de surrealismo, de  terror-ismo, de descontrol físico y mental, de cuando la vida de repente sin razón alguna se convierte en una pesadilla.
Y entonces oyeron voces, había gente intentando sacarlos de aquella locura, al final no estaban en La Cabina de José Luis López Vázquez...
La pareja salió del ascensor como si estuviese de vuelta del Infierno, (de Dante, que hizo historia).
Había varios vecinos, y entre ellos estaba el causante involuntario de tamaño desaguisado.
Álvaro, intentando una salida honorable a semejante show, cogió la bolsa con el queso del suelo del ascensor, empapada de líquido amniótico, y antes de salir pitando para la maternidad, lo entregó al hijo del señor del pueblo de la Mancha, y le dijo con la mala leche que se gasta, que hasta termina por ser entrañable:
"Tenga, de parte de su señor padre, ¡que le aproveche!".


óleo de Toulouse Lautrec


5 comentarios:

  1. Que história!
    O que um simples "queso" pode causar...

    Gostei.
    Um beijinho

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  2. É Maria,

    Tens um jeito de dizer as coisa que muito nos encanta. Os pesadelos...quem não os tem?
    Setembro bate a porta, isso muda tudo.

    Não conhecia a tela acima, acho a pintura de uma madureza infantil,agradável aos olhos. Penso que o artista tem de ter um olho meio mágico para encontrar essa harmonia. Muito bonita. As telas de Di Cavalcante, numa fase que lembra um pouco essa são mais pesadas, não tem essa leveza, na época retratava-se os negros e a escravidão no dia a dia laboral.

    5 bjs ... grandes
    1 abraço meu

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  3. Me encanta Botero, es único, y que bien ilustra su historia, contada en clave de humor, tan bien como siempre.
    Hay mucha gente como ese padre, egoistas, que no les importa nada molestar a los demás.
    Me ha sacado una sonrisa, que falta me hace.
    Un abrazo muy amigo, Manuel

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  4. Me quedo con: " Que muerte más tonta...y todo por un maldito queso..."

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  5. Vim reler o post que ontem vi a correr.Ainda pus um comentário, mas de vez em quando o meu "internet explorer" vai ao ar e só funciona o "Google" (como hoje...)
    Observação fina, trágico e cómico ao mesmo tempo... Quem não imagina "toda" a cena no elevador claustrofóbico?!!
    Como o manuel veio-me aos lábios um sorriso. De ternura.Porque os personagens estão lá, e são dignos dessa ternura no seu momento de desespero mais o queijo!
    beijinhos

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