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El arte del buen vivir ha de incluir el arte del buen morir: el destino final no debe malograr el gozo que hemos podido hallar en instantes de plenitud.
Más que cambiar el escenario hay que cambiar la forma de mirarlo, la señal más manifiesta de sabiduría es la paz interior y la serenidad.
No hay nada que dé más miedo que el miedo, aceptar con normalidad que la muerte hace parte de la vida nos libera de la angustia y el pánico. Aprender a disfrutar es la mejor forma de sosiego para desmitificar lo inevitable.
Filosofando se aprende a morir liberados de angustia y temor, no es razonable empañar décadas de vida por algo que dura un instante, transitar por el mundo con pesar y melancolía es mucho peor que extinguirse al concluir nuestro ciclo vital. Si la muerte es inevitable para todos, temerla se convierte en un motivo superfluo de tormento. Lo que ocurra aquí después no nos incumbe, para nosotros será como antes de haber nacido.
Reconciliémonos con la existencia sin frustraciones ni sueños imposibles, adaptando los deseos a la realidad y amando lo que hacemos para poder sentirnos libres — quien aprende el sentido de la vida elude la servidumbre.
Nuestro destino se desmitifica con los años, saber morir nos libera, el paso del tiempo enseña a desestimar lo secundario y a percibir que cuantos más años vamos cumpliendo, mejor aceptamos el final, igual que tenemos menos miedo a una enfermedad sufriéndola que cuando estamos sanos: se aguanta mucho más de lo que uno cree en frío.
Las arrugas del espíritu envejecen como las de la cara, seamos todo lo felices que podamos y, eso sí, usemos siempre que posible, la capacidad suprema de decidir el cuando y el cómo de nuestro propio final.
Ensayos

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