martes, 1 de septiembre de 2026

RAÍCES

 


 




                
                                                               Christian Schloe




El recuerdo del lugar donde hemos crecido, con las cosas que nunca volverán y la gente que ya no está, es el territorio que sentimos como especialmente  nuestro, por muchos que habitemos después a lo largo de la existencia. Allí nos descubrimos a nosotros y a la vida, junto a la familia y a los primeros e inolvidables amigos. Allí conocimos la felicidad primera, hecha de esa inocencia que nunca ha de volver. Ninguna otra tierra, por maravillosa que sea, va a ser parte de nuestra identidad y a permanecer en nosotros como irrepetible. Construimos nuestra historia sin dejar de estar nunca emocionalmente ligados a lo primero que hemos sido, a ese rincón hecho de nostalgias, sabores, voces, risas, paisajes y afectos. Solo con el tiempo ordenamos los recuerdos por su peso real, y ellos son los que mejor representan quienes somos: el verdadero mérito de cada momento solo se sabe cuando ya se ha convertido en memoria y descubrimos que solo hay un nombre en toda la geografía que nos sonará como especial y único.
Si nos sentimos perdidos, es mirando hacia tras que nos reconstruimos. 
Al final ha de ser el niño que fuimos el que nos coja de la mano y nos acompañe en el último viaje.
Cuando Antonio Machado falleció en el exilio en Francia los 63 años, extenuado y enfermo, encontraron en el bolsillo de su chaqueta un papel arrugado que ponía sencillamente: "Estos días azules y este sol de la infancia" — miraba alrededor y solo veía el cielo y el sol iguales a su Sevilla donde pasó la infancia y que llevó para siempre dentro. 

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