sábado, 4 de diciembre de 2010

VOLVER A VALENCIA






oleo de Sorolla, pintor valenciano


Viví en Valencia toda mi treintena (1974-84), esa época de la existencia en que por lo general la noria de la vida nos tiene en lo más alto, por fuera y también por dentro: nos sentimos aún jóvenes pero más maduros, lo bastante para saber cuando decir , cuando decir no, cuando decir quizás, cuando decir nunca, cuando decir Ahora...
Ese tiempo tan interesante lo viví en la “ciudad del fuego”, de las Fallas y las mascletás que suben la adrenalina, en ese lugar donde sin duda volvería si algún día volviese a alguna parte.
Llevaba años sin visitarla y al poco de llegar me sentía aturdida, el G.P.S. nos iba conduciendo y yo no reconocía nada por el camino, ¡hasta que vi delante mía el edificio donde hemos vivido! Los años del boom inmobiliario lo cambiaron casi todo mientras yo me hacía más pequeña, más de pueblo, aunque se me ponen los dientes muy largos cuando pienso que al Palau de la Música vienen directores como Daniel Barenboim, Rudolf Buchbinder, Rafael Frühbeck de Burgos o René Jacobs, y que la temporada de Ópera  del 2010-2011 en el Palau de las Artes Reina Sofía, incluye  Aida y Manon, conciertos con Jesús Cobos y Plácido Domingo, Tosca y Fidelio con Zubin Mehta... 
Mucha envidia y también orgullo, sobre todo porque en el Centro de Investigación Príncipe Felipe gente tan brillante como Santiago Grisolía trabaja sobre el genoma humano. Son cosas como estas que hacen grande una ciudad y despiertan el deseo de vivir en ella.
Pero tengo que confesar que solo empecé a sentir la emoción del recuerdo y la nostalgia cuando pisé el Puente del Real hacia las vetustas Torres de Serranos, la calle San Vicente, la Plaza de La Virgen con el Micalet, la calle Colón, la Plaza del Ajuntament, lo de toda la vida, que es lo que siempre buscamos los nostálgicos — como el restaurante "La Marcelina", que sigue en la Malvarosa, donde nos deleitamos con una paella de conejo y pollastre hecha en fuego de leña, con sus verduritas, sus garrofones, sus caracoles, su pizca de pimentón, de azafrán y de romero. Exquisita.
Y así bien empapada de emociones me llegó el momento de visitar a una vieja compañera, bajo una lluvia menuda como un manso y cálido llorar para dentro: la Albufera, mi Albufera, donde tantas veces me perdí y me encontré, la de las cañas y barro, de las dunas y juncales, de las barracas, las barcas, los chorlitos, los tordos, los ruiseñores, los patos, las garzas reales, las puestas de sol... la de las novelas imprescindibles de Blasco Ibañez, del tío Barret, de los Paloma, de la Neleta y el Tonet.
Siempre llevaré dentro esta tierra que siento como algo mío: lo bueno que tienen las cosas que no son de nadie es que son de todos los que saben quererlas. 


obra de Jose Manuel Capuletti

5 comentarios:

  1. Minha querida María, tantas recordações sentidas, tão bem "reveladas" aos outros, e -como diria outra minha amiga que ama Fernando Pessoa, a Luísa- tantos "sentires"...
    Pensar que não escrevias aqui há uns tempos, faz-me sentir eu orgulhosa e feliz por ter acreditado em ti -que tinhas coisas importantes para dizer- desde que te conheci!
    Passei com emoção pela tua Valencia que não conheço.
    beijinhos e bom domingo!

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  2. Muito bela a pintura do artista valenciano! Lindas as imagens da "albufera", e a moderna construção do El Oceanographic, e com tão apetitoso aspecto "la paella"!
    M.João

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  3. Obrigado por me teres feito recordar essa bela cidade com esta magnífica descrição.

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  4. Nada hay tan hermoso como esas aves descansando en los juncos de la albufera, mientras el sol del atardecer nos calienta el alma.

    Gracias, por el artículo, María, y por esa preciosa fotografía...

    SALUDOS DE SU SIEMPRE AMIGO MANUEL....

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  5. Obrigada a ti, Carlos.
    Y gracias a usted, Manuel,siempre me alegro de verle por aquí, es un placer.

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