La convivencia entre cualesquiera animales de la misma especie es mejor y más sana que la de los humanos: los más fuertes se alimentan de los más endebles, pero nunca de sus semejantes. En cada manada el jefe indiscutible es siempre el más fuerte y avispado, pues todos saben que la supervivencia del grupo depende de la cooperación, la disciplina y el respeto mutuo. Como dijo Kipling, "La fuerza del lobo es la manada, y la fuerza de la manada es el lobo" (El Libro de la Selva).
Los humanos somos distintos, nos matamos los unos a los otros, incluso los caníbales se alimentaban de sus semejantes. Nos enfrentamos con saña, nos agredimos, nos estafamos y matamos, y lo seguiremos haciendo con armas cada vez
más letales en un futuro cada vez más incierto. Desarmados frente a una fiera no somos nada, pero tenemos los medios para ser las criaturas más dañinas del planeta, mensajeras de destrucción y muerte por todos los rincones del planeta. Nos apiñamos en grandes urbes donde no producimos más que basura, mientras las casas en pueblos y aldeas se caen abandonadas. Los políticos quieren que nazcan más niños pese a que ya sobramos dos tercios de la población, con el único fin de que los más jóvenes sean suficientes para pagar mañana las pensiones de los mayores, que cada vez son más y duran más años. Es una absurda huida hacia delante, querer resolver el problema de la superpoblación promoviendo la natalidad. Como absurdo es casi todo. Al final nos moriremos y quedarán las casas, que duran más que nosotros.
Solo una distribución racional de la riqueza y de los recursos para la supervivencia haría viable el bienestar de la humanidad y la supervivencia del planeta.
La política sin negociación, curiosidad por el otro y voluntad de acuerdo, se degrada hasta convertirse en una guerra civil fría.
A. Rojas Marcos


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