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| litografía de Richard Franklin |
Hay personas que son seductoras de condición, de por vida y en todas las circunstancias, es un don de nacimiento que se tiene o no se tiene, un no sé qué imposible de adquirir a ningún precio — una forma de ser y de estar, además de un físico agraciado, una voz, una mirada, una cierta cadencia, una cierta sonrisa, una elegancia natural, una conversación, un algo enfín que siempre se lleva puesto como una segunda piel, tanto si uno se enfrenta a un gran triunfo, a un problema gordísimo o si sencillamente se levanta para ir al baño. Es un magnetismo, una elegancia total y sin embargo distraída, casual, pero que casualmente siempre habita donde la vulgaridad no tiene cabida.
Mi primo tenía eso, tenía clase, era agradable y sensible, se "quedaba" con la gente, (como Mário Conde, que ex-ladrón encarcelado se quiere presentar ahora a Presidente del Gobierno con el mismo glamour que gastó en la trena, donde se convirtió en héroe y referente entre los presos, sin cabrearse nunca ni dar lecciones apuntando con el dedo).
Hay quién escribe novelas, hay quién lee novelas y hay quién es el protagonista de su propia historia, intensa, apasionante: porque puede y porque quiere dedicarse exclusivamente a vivir.
Mi primo me quería como a la hermana que no tuvo y yo albergaba dentro de mí esa devoción que se siente por quién en el fondo se admira, pese a saber que él no era lo que se suele considerar una persona sensata. Me lo contaba todo, lo de sus esposas, cuatro, lo de sus amantes (se enamoró de la mujer del jefe y amigo íntimo, echando así a perder un futuro profesional que podía haber sido brillante). En el fondo era romántico.
Con sesenta años, pre jubilado con una pensión de miseria y las manos vacías, tocó a la puerta de mi tía la soltera, guardiana de la casa de mis abuelos en un pueblo pequeño donde yo no era capaz de imaginarlo viviendo ni una semana. Metió la buena mujer, que le idolatraba, en una residencia de ancianos, desempolvó antigüedades, y con los ahorros que encontró bajo el colchón hizo de la casa un lugar único, entre museo y de revista de decoración, elegante y cálida, con el jardín renovado y lleno de plantas hermosas.
Cuando me avisaran de que había muerto en un accidente de coche, necesité ir a comprobar personalmente la noticia corriendo 1000 kms para poder asumir la realidad de que mi primo ya no volvería a estar nunca más en sitio ninguno.
Al llegar al pueblo había dos muertos en diferentes capillas, en una estábamos media docena de personas, con mi tía desolada que empezó a morir de pena ese fatídico día. En la otra estaba ella, su última historia, acompañada de todo el pueblo, menos algunos que no le perdonaran que hubiese perdido la cabeza por un hombre nada más morir el suyo, dueño de un gran supermercado en el pueblo que la dejó nadando en la abundancia. Para más inri el accidente ocurrió el día justo en que se cumplía un año que quedara viuda, lo que alimentó muchas elucubraciones entre los más supersticiosos.
Mi primo murió bien, como vivió, sin el mínimo sufrimiento y a bordo de un deportivo descapotable con una mujer al lado que loca de un amor otoñal, acababa de hacerle ese regalo. Parecía dormido, sosegado y romántico, con esa pequeña brecha en la frente de donde de vez en cuando caía una gota de sangre muy roja a un pañuelo blanco de encajes bordado por mi abuela.
A la hora de cerrar la capilla para irnos a descansar, otro primo mío, este del pueblo de toda la vida, muy rico y sin complicaciones, que por cierto el otro siempre ignoró por poca cosa, me enseñó un espray que iba a usar, porque entre la calor y la olor a sangre fresca temía lo peor.
No me quedé para el funeral, por lo que le miré por última vez antes de dejar la capilla, tan guapo y elegante como siempre. Se fue sin asistir a su propia decadencia, pero a mí me ha tocado vivir la escena kafkiana de ver a mi primo el simple fumigando con anti hormigas a mi primo el divino y bajar llena de rabia aquella calle estrecha y empinada, triste y oscura como un trozo de mi alma donde aquella noche se apagó otra luz.









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