Junto con la inteligencia y el trabajo, la buena comunicación ha sido siempre un pilar básico para nuestro desarrollo desde el australopiteco hasta hoy. Aislados no somos nada, aunque no hay dos personas iguales y cada uno con su historial puede complicar la vida a los demás...
Cuando la edad ya va siendo mucha, normalmente cambiamos el jeep, nos volcamos hacia dentro por defensa propia, sobre todo ahora, con el mundo tan globalizado y difícil. Surge la necesidad de escapar del ruido agobiante, amenazante, inquietante, indignante y frustrante que nos dibujan a diario los medios de comunicación. Llega el momento en que la realidad nos sobrepasa, nos invade un enorme cansancio y desencanto, queremos apearnos de tanta miseria, conflictos y discusiones estériles, para poder vivir en paz con nosotros mismos: ¡fuera todo lo que nos altera inútilmente!
Empezamos entonces un viaje interior hacia la serenidad, en la compañía de buena música, buenos libros y así, y también a ser posible buenas personas, agradables, sensatas y que no hagan demasiado ruido...
Antes que "nihilismo" se trata de un instinto de libertad y auto protección, de la búsqueda de una quietud que permita evadirnos de lo que tan solo nos perjudica a cambio de nada que valga la pena: ignorar lo que nos machaca a diario, lo más miserable del planeta entero hasta sentir auténtico asco de la condición humana. Por defensa propia necesitamos ser positivos, pragmáticos, emocionalmente inteligentes.
Queremos armonía y belleza mientras sea posible, como en un relato personalizado que sirva para versionar lo que desearíamos que fuese cierto sin serlo. Se trata de una ceguera voluntaria, aconsejable, liberadora.
Nos movemos dentro de un trasfondo cultural que nos determina, incluso podría decirse que en toda vida hay unas cuantas mentiras fundacionales — pero cuando las malas políticas y los vendedores de humo proliferan como una plaga, hay que saber decir Basta, para beneficio de nuestra integridad física y psicológica.
Me quiero entregar la llave de la felicidad que me gané cuando perdí mis miedos.
Marga Guzmán Marciano