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| de la película Mi vida en Rosa de Alain Berliner |
No se puede amar lo que se teme, es fácil poner murallas, protegerse, cuando lo valiente es salir a campo abierto, al territorio de la libertad donde volar es posible.
De cada 30.000 mujeres y de cada 100.000 hombres nace una persona que no se identifica con su sexo — es una minoría, hay muchas minorías, estamos rodeados de minorías, pero si tuviésemos la buena costumbre de ponernos en el lugar del otro, entonces formaríamos una sociedad abierta, decente y libre.
Nos regimos por esquemas mentales que no hace concesiones, señalamos con dedo inquisidor lo que se sale de lo previsible, aunque sabiendo como Terencio que "nada de lo humano nos es ajeno".
Es por eso que tenemos una historia plagada de ignominias y avanzamos muy despacio en el respeto y el apoyo a las diferencias minoritarias, cuando no hay peor castigo que el rechazo, el desamor, la soledad. Ahora podemos buscar refugio en las redes sociales, esa gigantesca soledad colectiva.
Dicen los que saben que todo lo que es susceptible de causar una emoción es igualmente susceptible de causar un miedo patológico, una fobia que nos castre y nos paralice: fobia a la gente, al sexo, al amor, a la vida, a la muerte, a la vejez, a la fealdad, a la obesidad, a quedarse calvo, a los gitanos, a los emigrantes, a los negros, a los amarillos, a la miseria, al conocimiento, a la cultura, a la filosofía, a la locura, a la verdad, a hablar en público, a ponerse colorado, a la enfermedad, al dolor, a la soledad, a la luz, a la noche, al fracaso, al progreso, al cambio, al vacío, a los fantasmas, al avión, al mar, a las arañas, a las serpientes, a los perros, o incluso a todo en general, sin un objeto determinado (= pantofobia) ...
"Uno de los síntomas de madurez intelectual que valoramos en cualquier persona es que no pretenda ordenar el mundo de manera tajante, y eso se va aprendiendo con los años." ( Prof. Antº Rodriguez de las Heras)
| óleo de Chagal |

























