Isla de Tenerife |
La vieja dama miraba a mi lado, embelesada como yo, una pequeña cala de azules imposibles y rocas volcánicas de la isla: "tan inmenso el mar", dijo sonriendo, "y tan sutil en cada rincón donde se acerca a besar la playa..."
Como la vida, le contesté igual de intensa: todo tan descomunal y a la vez tan delicado y único, cada persona, cada flor, cada nube, cada lágrima...
Nos miramos a los ojos con una complicidad amiga. ¿Que tal lleva el paso del tiempo?, le pregunté curiosa.
Envejecer es una putada muy gorda — me contestó riendo — pero yo no soy vieja casi nunca.
La miré con curiosidad mientras ella seguía:
Solo me permito ser vieja cuando me miro al espejo, luego me olvido, tengo cosas más importantes de qué ocuparme. Piense en un paralítico, por ejemplo: solo lo es cuando se empeña en caminar, no cuando aprende o enseña, cuando viaja, contempla, escucha, ve, saborea, ríe, llora, ama, sueña, se despierta a un nuevo día, se arregla, se abriga, come, bebe, sonríe, mil cosas para las que no necesita las piernas.
Hay mucho que vivir y disfrutar para lo que no me siento vieja, lo que es maravilloso. Sé muy bien para qué soy una persona mayor, y eso lo aparto, no es inteligente echar un pulso a lo imposible sabiendo que la derrota está garantizada, empeñarse en ser lo que no se es solo sirve para cargarnos de una innecesaria frustración.
Podemos sacarle tanto partido a la vejez como a la juventud en su día, cada circunstancia tiene sus posibilidades, todo es cuestión de aprender a ser felices.
Cuando algo se acaba siempre empieza otra cosa, solo se trata de saber qué podemos pedir a cada momento, de darnos cuenta de que el mejor amigo lo llevamos dentro, que siempre estuvo allí esperando, que no fué tan importante lo que pasó como el significado que le dimos, que lo inteligente es ser capaz de adaptarse a la vida desde la humildad y el deseo de ser felices, que hay infinitas posibilidades para sustituir el mal estar por otro sentimiento.
Se hizo un silencio con el ruído del mar de fondo, y la vieja señora prosiguió:
Cada latido del corazón es movido por el placer de seguir viviendo, ser libres para elegir la actitud personal es lo que nos proporciona una oportunidad y un sentido; independentemente de las circunstancias, todos somos dueños y creadores de nosotros mismos.
Luego la vieja dama desapareció como había surgido, aunque algo quedó de ella en esa cala pequeña y ese mar de azules imposibles.
Me sentía bien por dentro, miré hacia el cielo infinito, respiré muy hondo un aire purísimo que era todo mío, y me dije con una energía renovada: ¡A por la vida!
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Kazuo Ohno |